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Un pretendiente desconocido, Carlos de Habsburgo, El by Francisco De Las Heras Y Borrero

By Francisco De Las Heras Y Borrero

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44 55 FRANCISCO MANUEL DE LAS HERAS Y BORRERO ma” de éstos. Más claro imposible. Los archiduques Leopoldo, Antonio y Francisco José, aunque después estos dos últimos cambiasen de idea, no querían saber nada de pleitos ni reivindicaciones dinásticas. Sólo Carlos asumía esa responsabilidad. Acto seguido, el 29 de junio del mismo año, don Carlos lanza, finalmente, su primer manifiesto desde Viareggio, mediante el que se presenta como pretendiente al trono de España46. En primer lugar, justifica dicho acto: “No respondería a los deberes que me imponen mi ascendencia familiar y mi condición de príncipe, si en estos momentos de inquietud y de preocupación por el porvenir, no dirigiera a los míos, a los legitimistas y a todos los buenos españoles unas palabras de aliento y de esperanza que salen del fondo de mi alma, obedeciendo a una convicción firmísima, consciente, como nunca, de mis responsabilidades”.

Josep Carles Clemente, “Historia del carlismo contemporáneo, 1935-1972”. Editorial Grijalbo, Barcelona, 1977, pág. 184. 27 28 40 CARLOS DE HABSBURGO EL OTRO CANDIDATO DE FRANCO Comunión Tradicionalista-Carlista, única que sigue mi causa y única auténticamente carlista”… “Nadie puede elegir mi sucesor sin mi concurso, ni menos de forma plesbicitaria, más propia, como ya dije otra vez, de elecciones a presidente de una república”29. La enérgica puntualización del rey tampoco sirvió, en esta ocasión, para contrarrestar la ofensiva de los “cruzadistas”, los cuales, expulsados como estaban ya del partido carlista desde 1933, iban a continuar con su decidida campaña en pro de los derechos del archiduque Carlos.

Y sé también que la Tradición española que recibe su fuerza y vigor de la fé católica y que es alma, que no muda ni muere, de la Patria, no desaparecerá jamás mientras España exista”. La verdad es que el manifiesto inaugural de su mandato era muy flojito. Algunas frases emotivas para tocar la sensibilidad de los carlistas (“enérgica y viril protesta”, “no se ha extinguido la Raza familiar a que tengo la honra de pertenecer, ni ha sido ganada por la comodidad ni por la cobardía”, “elijo el camino de los sacrificios constantemente erizado de espinas y rodeado de enemigos”, “el deber ennoblece, dignifica y justifica el propio vivir”), los sempiternos tópicos de costumbre ( el carlismo “valladar de la revolución liberal o marxista”, “nadie puede considerarse tranquilo, ni mirar el porvenir confiadamente”, “la misión del carlismo no está acabada ni cumplida”), y poco, o nada , más.

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